Blogia
diario de una empleada pública argentina

no tengo paz

Si hay algo que no soporto, entre muchas cosas que no soporto de mi laburo, es que mis compañeros pretendan que porque ellos están al pedo, yo tenga que estar indefectiblemente al pedo. No digo que nunca estoy al pedo, aunque cuando estoy al pedo, no estoy del todo al pedo porque estoy haciendo otras cosas que son al pedo si nos referimos estrictamente al campo laboral, pero si lo pensamos en términos más amplios, mis tiempos al pedo en el laburo son los más fructíferos de todos los tiempos que paso allí. Pero no señor, el tipo está al pedo y entonces yo tengo que estar dispuesta a absorber todas las pelotudeces que esté ávido de compartir conmigo. Y, no conforme con ello, también pretende que le agradezca su generosidad de prestarme una porción de su mundo. Yo no voy a entrar en valoraciones, siempre subjetivas, de si son pelotudeces interesantes o pelotudas, porque no estoy al pedo, tengo cosas que hacer, trabajo que terminar, llamados que realizar, datos que cotejar, hijos que controlar, hermanas que torturar, jefes que conformar… Cuestión que el chabón ni siquiera puede esperar que termine de acomodar mis bártulos y mi humanidad (hay que recuperar la silla, limpiar el escritorio, traer el teléfono, encontrar un hueco donde colgar el abrigo, recuperar la llave del baño, conseguir el papel higiénico porque si no después, cuando ya no aguanto las ganas de mear, no me da el tiempo) que ya empieza a darme papeles para leer, auriculares para escuchar, galletitas para comer, test para descifrar. Yo pongo la vista firme en la pantalla e intento continuar con lo mío, le pongo grande la pantalla y hago mucho ruido cuando golpeó el teclado para que vea que estoy trabajando, pero al tipo no le importa y dale que va. Lo peor es que cuando no comento el texto que me leí, el audio que me escuché, el cuadro que contemplé y la talita grasienta que me morfé, el chabón suspira: “¿Qué tendrás que estás tan apagada, Lucecita?" El tipo cree que si no tengo ganas de tenerle la vela es porque estoy deprimida. Y cómo me deprime que alguien considere que es tan perceptivo como para darse cuenta si estoy bien o estoy mal por cómo leo o dejo de leer las pelotudeces que tenga para endosarme. ¿Tan difícil es entender que hay que respetar el espacio del otro, el tiempo del otro, el lugar físico de otro, el espacio aéreo del otro? No basta con que escuche la música que me pone que también tengo que festejarle que me ponga una música que yo no le pedí, que no tengo particular deseo de escuchar, que no me va ni me viene. No hay nada que hacer, la convivencia mata y en cualquier momento yo me convierto en “convivencia” porque lo voy a matar.  

0 comentarios