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diario de una empleada pública argentina

siempre hay un municipal que te escupe el asado (o te lo espolvorea con orégano)

puede que albert tenga buena intenciones, que sus recomendaciones sean oportunas, además de muy didácticas, pero a mí ya me sublevan el espíritu, por no decir que me rompen soberanamente las glándulas salivales. alberto debe ser el empleado más viejo de la dirección, lo que no quiere decir que sea el de mayor antigüedad. él, como tantos otros, considera que todo lo sabe y nada le sorprende. y, claro, la sabiduría que dan los años, ya me va a pasar, no pierdo la fe. lo cierto es que a mi me gustaba escucharlo de vez en cuando. ¿será que el secreto de algunas relaciones, o de todas, radica en el "de vez en cuando"?

la cosa comenzó a terminar entre alberto y yo, el día que el jefazo lo pescó navegando por internet. bogludeando, vamos, algo que hacemos todos con mayor o menor intensidad según las ganas, la humedad y la velocidad de la puta madre y señora internet. cuestión que alberto pasó a ser mi compañerito de banco porque desde esta ubicación, a juicio de la autoridá, se sentiría más controlado y abandonaría sus prácticas virtuales. ni lo uno, ni lo otro. vale decir: ni se sintió más controlado, ni abandonó sus prácticas (ni las unas, ni las otras).

nada, que una cosa es hablar con alguien de vez en cuando y otra, bastante diferente, es que alguien te hable todo el tiempo, todos los días, en cualquier momento y por cualquier motivo. tengo unas capacidades limitadas, lo reconozco. capacidades limitadas y tolerancia eliminada de mi disco rígido, que era lo único rígido que me quedaba.

un día, como quién te dice buenas tardes, alberto me pasó la lista de los alimentos transgénicos que se comercializan sin impedimento legal en el país. cuando la leí, me quedé entre el espanto y la muerte: si empezaba a preocuparme por cada punto de esa enumeración de potenciales peligros, tenía que apurarme a encontrar un método no transgénico de suicidio porque todo lo que consumo tiene algún gen modificado y si no lo tiene, engorda. aún así me pareció divertido conservar la lista, para algo sirve este laburo, pensé, y me guardé el archivo en el pen drive. si algún día me decido por la inmortalidad, ya tengo un listado menos qué conseguir. o, quién te dice, incorporo un rubro en el tutifruti: almientos transgénicos de libre comercialización.

otra vuelta me dictó la nómina de marcas de puré de tomate que están autorizadas por el Inti, hay solo cuatro o cinco aprobadas y las demás son pura porquería, parece que les ponen el mismo colorante que a las pinturas latex para darle el tono rojo tomate. desde ese día compro salsati que es la única marca no prohibida que recuerdo, aunque todas las demás se siguen vendiendo por la mitad que la salsati. que no me muera intoxicada por una salsati porque, muerta como esté, los hago puré perita a todos estos fundamentalistas ecológicos de juguete.

más tarde me acusó de irresponsable por usar fritolim (el rocío vegetal que no tiene grasas trans) para hacerle huevo frito a mi hija (en lugar de huevo frito, hacemos huevo fritolim) porque asevera que provoca daños irreversibles y terminaremos con episodios de hipertensión las dos: mi hija por comerlo y yo por hacerlo. y siempre un pero, viejo, así no se puede ser feliz. que si el celular no me revienta en la cara (y me muestra las fotos para que le crea), me traerá esterilidad (no hay modo de que incorpore a su memoria emotiva que no pienso tener más hijos), que la fotocopiadora, ahí, dónde la tenemos instalada, nos está matando con sus rayos cancerígenos, que el humo residual del tabaco que sube por las alcantarillas y la cáscara de nuez que se te atraganta cuando la aguja del reloj se pone en paralelo con la línea telefónica.

empecé a cuidarme de tantas cosas que el estrés me elevó los valores de intolerancia municipal. pero me daba no sé que así que seguí escuchando a alberto y sus verdes ensolves. hasta que un día me levanté con los triglicéridos torcidos y terminé con la ecología de copetín, esa que viene impresa en folletos papel ilustración con la leyenda concientizadora de boludos que dice: "piense antes de imprimir, los bosques se lo agradecerán". ¿hace falta que tales quinientos árboles para decirme que ahorre papel, incoherente verde manzana?

enfinmente: hablaban los compañeros de la pizza y cómo la amasan, porque los pibes de la municipalidad tienen la costumbre de pasarse recetas de cocina, lo hacen con la misma impetuosidad con que comentan el auto que se van a comprar o la mina que se quieren levantar: no sabés la pizza que me amasé el domingo, treinta y dos grandes de muzzarella, eh! sin parar. y ahí va que se cuentan los secretos de la masa, discuten si piedra es de gay y cancha es de macho, que la levadura en sobre o en cubito y la salsati no contaminante que los re mil parió, qué grandilocuentes son hasta para cocinar un huevo duro, loco. no va que a un pedazo de detallista por la paz se le ocurre decir que le puso orégano. sí, orégano a la fucking pizza. para qué. le hubiera metido insecticida y alberto no hacía tanto alboroto. quién sabe por qué pero no pude soportar que también se la agarre con el orégano, qué carajo se tiene que meter con el orégano, siempre tan gauchito. cortás un tomate al medio, le tirás un poco de sal, orégano y te glorifica el alma. pero alberto no entiende lo que es la lealtad gourmet así que me miró serio, como quien va a revelar una premisa que modificaría mi destino, y con rigurosidad cientítica afirmó:

_el orégano provoca cáncer de próstata, mijita.

respiré hondo, lo miré lasermente y con seguridad empírica le respondí:

_ sabés qué pasa alberto? yo no tengo próstata, así que no me rompas más la amígdala, que cuando me la rompen despido toxinas de alta irritabilidad.

pero alberto es de ese tipo de personas que solo está dispuesta a dar, así que habla y habla y habla mas nunca escucha, casi te diría que ni siquiera necesita que vos lo escuches a él, basta con que no lo contradigas y abandones el orégano.

_ ¿sabés que hago yo, piba?, le pongo tomillo.

_ pero el tomillo no es orégano, alberto ¿por qué tengo que dejar de comer orégano para que tu próstata no se impresione?

ta bien, lo reconozco, mi voluntad para sostener la rebeldía es nula. así que ya ni las pizzas son lo que fueron en mi vida. conste que no es que crea en todo lo que dice alberto y si me banco el tomillo en la grande de muza es en nombre de la salud prostática de mi hijo, con todo lo que eso significa para mí y mi decendencia. lo que pasa es que el orégano no tiene partículas cancerígenas, pero que las hay, las hay.

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